¿Cómo tomé la determinación de vivir en un trigésimo piso? El día que firmé las escrituras debía de estar completamente enajenada... Cada vez que salgo a la calle o me recojo estoy minuto y medio en el ascensor. Para una persona aprensiva como yo, estos noventa segundos significan una eternidad. Un tiempo sin fin en el que no puedo despojarme de la sensación de catástrofe inminente.
Cuando en el elevador no había cámara, a veces lograba aliviar la angustia haciendo monerías delante del espejo. Moviendo brazos y cara ponía gesto serio, alegre, burlón... Pero desde que en el techo del montacargas existe un ojo que todo lo ve, me siento incapaz de ejecutar tales ademanes y la ansiedad me puede.
Mientras voy subiendo, una impresión que se repite con frecuencia es la de que el suelo del habitáculo va a ceder en cualquier momento y voy a caer al vacío. Tratando de evitarlo, me imagino asiéndome fuertemente de los agarraderos que las paredes tienen a la altura de la mano y poniendo los pies encima de los zócalos que estas mismas paredes poseen en su parte inferior... En esos momentos el oído se me agudiza; cualquier crujido que crea que anuncia rompimiento aumenta mi tensión...
Nieves Correas Cantos

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