Dedicado a Vicente
En el tiempo en que las labores agrícolas eran manuales, la llegada de la mula mecánica al pueblo causó sensación. A mí, que era una cría entonces, la visión de aquel artilugio capaz de arar la tierra me impresionó más que si hubiera tenido enfrente al mismísimo obispo o al gobernador. Fue algo alucinante; parecido a lo que sentí cuando, en las fiestas del patrón, descubrí a un saltimbanqui andando por el aire...
Y si flipé contemplando el funcionamiento del ingenio labrador, más admirada quedé presenciando su rebelión; el hecho de que dejara de obedecer las órdenes de su amo y se pusiera a pegar brincos por los bancales... Sucedió durante una fiesta campera; en el momento en el que el dueño del aparato hacía una demostración a los vecinos.
Una vez iniciado el alzamiento mular, el único recurso posible fue retirarnos a un otero cercano y esperar a que se le acabara el combustible. Mientras observábamos el espectáculo, aprovechamos para merendar...
Unas semanas después, en la escuela, hice una redacción sobre lo que acaeció aquella tarde; la titulé “La rebelión de la mula mecánica” y saqué un diez.
Nieves Correas Cantos

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