Una tarde, estando de tertulia en el parque con mis amigas, vino a ponerse en el banco de enfrente una pareja muy joven. Enseguida comenzaron a besuquearse; y, acto seguido, ella se sentó a horcajadas sobre las piernas de él y se desmadraron.
Ante tal espectáculo, mis amigas y yo abandonamos el parque y nos fuimos a un bar; y allí, tomándonos una refacción ligera, hablamos de lo que habíamos presenciado; y, por ende, de la precocidad y de la procacidad.
Todas convinimos en que cada cosa tiene su edad y su lugar de ejecución; y que los muchachos del parque hubieran debido estar jugando a “la patá al bote” en vez de hallarse quemando etapas.
Por último, Irene, una profesora de Literatura jubilada, nos contó que cuando pidió a sus alumnos que comentaran esos versos de “El estudiante de Salamanca” de Espronceda que dicen:
“tú eres, mujer, un fanal
transparente de hermosura:
¡Ay de ti! si por tu mal
rompe el hombre en su locura
tu misterioso cristal”
una chica, en medio de fuertes risotadas, aseveró con desdén que a ella le habían roto el fanal a los doce años.

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