Cuando pienso en el jardín de las delicias, lo más probable es que lo que tenga en la mente no sea el cuadro pintado por El Bosco, sino el vergel de mis vecinos. Lo veo desde la ventana de la buhardilla de mi casa y me atrae irresistiblemente. Tiene una parte del suelo embaldosada y otra de tierra; y, en esta última, crecen un madroño, un peral, un lilo, una olivera...
Algunas mañanas veo al señor de tan mágico lugar cavando la tierra con la azada o desbrozando con el rastrillo. Se trata de mi amigo Segismundo, un hombre bueno que compagina la historia y la horticultura, y que hace ambas cosas con idéntico afán.
A eso de las diez aparece Lía, su mujer. Trae alguno de los artículos que escribe sobre el acaecer diario en la vida de una pareja de jubilados. Se lo lee a Segismundo; y luego, después de oír su opinión, lo envía por correo electrónico al periódico en el que colabora.
Y más tarde, vienen amigos a tomar el aperitivo...; y hay tertulia, cerveza y cascaruja.
Y por la tarde, hijos y nietos.
Y a todas horas, Kira, la perra, olisqueando por doquier.

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