jueves, 21 de diciembre de 2017

La Paloma


Hace un montón de años, mis amigos y yo íbamos algunas veces a bailar a La Paloma. Recuerdo que nos sentábamos en un palco, que pedíamos champán y que nos sentíamos irresistiblemente atraídos por el ambiente popular que allí existía.
En la pista, parejas maduras se movían en perfecta sincronía con la música que interpretaba la orquesta; y con igual soltura bailaban un tango, un pasodoble o un chachachá.
Los de mi pandilla íbamos a nuestro aire; y, más que danzar, coceábamos. De vez en cuando, un danzarín otoñal nos sacaba a bailar a las féminas y nos hacía alcanzar la ingravidez. Pero en cuanto acababa la pieza, nuestro cuerpo dejaba de ser algodón y se reconvertía en pesadísimo plomo.
Ahora, y con la intención de escribir sobre ello, me gustaría volver a uno de esos bailes de antaño. Hoy yo ya no sería la mujer joven, sino la mayor. Mi indumentaria no estaría compuesta de vaqueros, jersey y botas; sino de falda negra de terciopelo, top de lamé y zapato de tacón fino. Habría cambiado el champaña por el cava. Y mi pelo... ¡ay mi pelo! En vez de llevarlo a lo garçon, luciría un bonito recogido.

No hay comentarios: