jueves, 21 de diciembre de 2017

¡Feliz Navidad!


Aún no ha empezado la Navidad y ya estoy harta. Estoy hasta la coronilla de tanto anuncio incitándonos a comprar. Recién vueltos de las vacaciones estivales, ya aparecieron en televisión los primeros jóvenes andróginos mostrándonos tal o cual marca de colonia. Y conforme nos acercamos a los días clave, más echa mano la plublicidad de los arrumacos entre parientes para colocarnos sus productos.
Siento bascas cuando veo como se ha desvirtuado el sentido de estas Fiestas. Dentro de poco habremos olvidado lo que se celebra, porque cada vez hay menos belenes en los espacios públicos y la iluminación de las calles no hace referencia a nada en concreto.
La ilusión que sentía en mi infancia mudó en nostalgia con los años; y ahora, todo es hartazgo y decepción.
El otro día fui a una tienda de trajes de noche, y no sé si el brillo de las lentejuelas me deslumbró, porque entré en una especie de estado psicodélico. De repente sentí que estaba en el interior de un cabaré, ataviada con un vestido largo y todos los perejiles puestos. Las bolas de colores que adornaban el árbol de Navidad de la tienda colgaban del techo de la sala y giraban sin parar... Y ¡oh extraordinaria suerte! el maestro de ceremonias nos anunció que, por una especie de cuarentena, no podríamos salir de allí mientras duraran las Fiestas. Y, por si no fuera suficiente felicidad ahorrarnos las celebraciones navideñas, que nuestro aislamiento iba a estar amenizado por la música y las voces de Cole Porter, Duke Ellington, Hoagy Carmichael, Glenn Miller, Louis Armstrong, Ella Fitzgerald... ¿Se puede conseguir tamaña felicidad?

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