Me gusta mucho el campo, pero cuando estoy en él, a veces tengo miedo.
En las ocasiones en que mi marido y yo viajamos de madrugada por sus desiertas carreteras, él conduce y yo contemplo extasiada las estrellas. Pero si pienso que de un momento a otro un coche atravesado en el camino nos podría obligar a parar, la oscuridad que nos envuelve se convierte en negrura amenazante; y, el silencio, en un vacío impenetrable y traidor. Entonces siento miedo, pavor...
Otras veces, el recelo me acomete cuando voy por caminos pedregosos al atardecer. Lo que tengo a mi alrededor son viñas, conejos que suben por los ribazos y gigantescas hormigas que en formación pululan por la tierra. Entonces aparece un coche; y, de repente, tomo conciencia de mi indefensión. En este momento empiezan los nervios...
El vehículo se acerca y se detiene a mi lado. Yo contengo la respiración y miro de reojo; y hasta que el paisano no saca la cabeza por la ventanilla y me pregunta si quiero que me lleve al pueblo, no desaparece mi temor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario