La necesidad de volar
De pequeño, lo que quería era escapar de la vileza. Huir de ese pozo hediondo donde el pudor permanece malherido; salir de unas aguas obscenas que descalabraban mi sensibilidad...
Puse todos los medios para liberarme; pero, hasta que no transcurrieron varios años, no lo pude conseguir.
Sin eufemismos
Me crie en un entorno en el que se consideraba que la boca del macho tenía que apestar a tabaco y a vino. Y, especificando más, se añadía que al hombre que no fumaba el culo le olía a flores.
Como nunca eché humo ni bebí, casi todos mis congéneres me vilipendiaban; y yo los aborrecía por su constante envilecimiento.
Tampoco me estrené, como hacían ellos, acudiendo a la mancebía de la capital ni a una de las meretrices ambulantes que nos visitaban durante la feria. No, lo mío sucedió cuando tenía que suceder y resultó deslumbrante. Fue con la mujer de uno de esos patanes, que estaba harta de él. La dama, a la que le gustaba la música igual que a mí, me invitó a su casa a escuchar el saxo de Sidney Bechet y actuó con suma delicadeza. Después, cuando “Pequeña flor” ya estaba grabada en mi memoria, me convidó a un vodca con naranjada (el primero de mi vida) y a un trozo de pastel.

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