Cuando volví al pueblo donde había pasado mi infancia y juventud, jarreaba; y esa lluvia tan abundante me caló por dentro y por fuera. La mojadura del cuerpo me la quité inmediatamente después de que entré por la puerta de mi casa; pero la del alma se me quedó incrustada. Me estuvo molestando toda la noche; y, hasta que no salió el sol al día siguiente, no me pude librar de ella.
Era una especie de desazón que me afligía. Una pesadumbre que enseguida identifiqué con la nostalgia. La pena al recordar aquellos tiempos que fueron los mejores de mi vida...

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