Estoy en el cuarto del ordenador buscando una regla, y no la encuentro por ninguna parte. Es de madera, y lleva impresa en su cuerpo la primera estrofa de “El emigrante”, de Juanito Valderrama.
Me la regaló en mis años mozos un pretendiente que era fan de este cantante de copla; y, hasta hoy, siempre he creído que la guardaba en este lugar concreto.
No la quiero para trazar rectas ni para medir espacios, sino para mostrársela a una amiga que está deseosa de ver tan singular objeto.
De tanto rebuscar, todo a mi alrededor está en completo desorden; y, menos la regla en cuestión, va apareciendo de todo. Algunas cosas ni siquiera recordaba que las tenía: un caballo hecho con una palma de Semana Santa; un artificio para prensar flores; unas gafas cuyos cristales reflejan sendas calaveras (¿para qué me las pondría yo?)...
Y en medio de este popurrí de cosas diversas, he visto una cuartilla que escribí hace muchos años. Se trata de un ensayo sobre la excesiva delicadeza que se titula “La melindrosa Juanita”; y, como la cosa promete, voy a suspender la búsqueda de la regla y me voy a centrar en las ideas que desarrollé en estos renglones.

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