En general, todas las ideas me son igual de fáciles de expresar; aunque me resulta más cómodo escribir sobre extravagancias o acerca de asuntos de pitiminí porque entraña menos riesgos.
Ahora, por ejemplo, tengo artículados en la cabeza dos cuentos. El tema de uno puede ser controvertido: trata de esa delicadeza exagerada que algunos consideran finura y yo juzgo afectación; y el otro versa sobre la fuerte impresión que me produjo ver a una amiga teñida de rubio platino.
Indudablemente, el primero es más interesante y da para un ensayo. Podría desarrollar mis opiniones acerca de la naturalidad y de sus extremos; de la gazmoñería por defecto y la rustiquez por exceso. Del desparpajo y sus virtudes; y también de lo desalentadora que resulta esa impostura llamada santurronería.
Pero como mis juicios al respecto son muy tajantes y pueden chocar con los que tienen otros, prefiero escribir del segundo tema. De cuando entré en el restaurante y, en medio del comedor, vi, encima de una cabeza, un casco amarillo que emitía destellos...

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