sábado, 12 de octubre de 2019

La divina costurera o Una modista que no necesita abuela


Ayer estrené un vestido precioso; que, como todos los que llevo, me lo había hecho yo. Con toda la ilusión del mundo me fui al bulevar a lucirlo; pero, al llegar, observé que, excepto cuatro o cinco paseantes, los demás no dieron muestras de haberme visto.
Al principio, y como me parecía imposible que el modelo pudiera pasar desapercibido, la sorpresa y el desconcierto se apoderaron de mí. Después, durante el trayecto de vuelta a casa, estos dos sentimientos dejaron sitio a la incredulidad, la rabia, el desaliento...
En el retiro de mi morada me desahogué; y luego, los aires fabulosos de la noche diluyeron mi enfado.
En este momento, repasando con calma lo que sucedió hace unas horas en el bulevar, intuyo que a muchos de los que se cruzaron conmigo les gusté; pero que, por vaya usted a saber el motivo, no lo manifestaron. También sé que a otros les era imposible apreciar las bondades de mi atavío porque sus gafas están permanentemente mal graduadas. Para unos cuantos pasé demasiado lejos; alguno hubo que intentó desviar el foco de lo que consideraba excesivamente bueno... Y a los que quedan, mi traje, simple y llanamente, no les agradó o los dejó indiferentes.

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