A medida que envejezco, los kilómetros me van resultando más largos; los kilos más pesados; los pocos grados heladores y los muchos abrasadores...
Y es este no sé qué, que me hace percibir las magnitudes de distinta manera, la causa de que mi actitud y mi comportamiento estén cambiando.
Y no es que no me siga dando un buen tute todos los días: hago gimnasia, ando, trajino una barbaridad...; pero ante los acontecimientos que requieren un esfuerzo extra, mi respuesta ya no es la misma.
Hasta hace poco tenía un ímpetu arrollador, y acudía presta adonde fuera menester; y ahora, en ocasiones, esa ida al lugar donde es preciso se me presenta como un objetivo tan lleno de dificultades, que muchas veces opto por quedarme en casa.

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