domingo, 15 de septiembre de 2019

¡Trágame tierra!


La última vez que cometí un despropósito de ésos que te llenan de vergüenza, y te dejan con el deseo de querer desaparecer, fue en este pasado mes de agosto.
Todo comenzó cuando, hallándome leyendo un libro sobre Colón y los descubrimientos de América, levanté la mirada de las páginas y vi, a través de la reja, a una mujer que venía directamente hacia mi casa. Se trataba de doña Mentira Fresca; una persona de grandes cualidades; pero a la que, como no dice una verdad, en el pueblo apodan de esta manera.
Ipso facto, y antes de que la susodicha se percatara de mi presencia, me levanté corriendo del sofá y me dirigí rápidamente al piso de arriba a esconderme, porque no tenía ganas de recibirla. Y  todo por un motivo muy simple: estaba absorta en la lectura y no quería interrumpirla.
La cuestión es que, si no por mí, la visitante fue admitida por alguien de mi entorno que le hizo los honores; y, a petición mía, la informó de que no me encontraba en casa.
La catástrofe vino cuando, después de mucho rato y convencida de que se había marchado, pregunté gritando desde la buhardilla: 
-¿Se ha ido ya doña Mentira Fresca?
Y ella, muy digna, contestó desde el salón:
-No, Nieves, todavía no me he ido, pero ya me voy.

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