Podía haberme quedado más tiempo en el pueblo; pero decidí volver, porque esa cosa tan vaga llamada melancolía se estaba apoderando de mí. Los días de exaltación del comienzo del estío hacía tiempo que habían pasado; y los de ánimo estable que le siguieron también parecían haber llegado a su fin.
Los veraneantes estaban regresando a la ciudad, y sus casas cerradas se habían convertido en construcciones sin vida. Y el acortamiento de los días, al principio imperceptible, se estaba empezando a notar.
Pero lo que influyó más decisivamente en mi espíritu fue la ausencia de los vecinos de al lado. Cuando me dijeron adiós, todo el ímpetu que corría por mis vasos pareció irse con ellos; y el sentimiento de soledad me invadió y se me figuró como un abismo.
Y es que Segismundo, Lía, la perra Kira y yo nos hacemos una enorme compañía. Ellos tienen su vida y yo la mía, pero nos oímos y nos sentimos muy cerca. Es, en definitiva, el saber que ellos están ahí.

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