Confieso que cuando paso por delante de un taller de fotografía, nunca dejo de mirar lo que en sus escaparates se expone. Y no lo hago con el ánimo de encontrar algo realmente bueno, sino de recrearme en esas imágenes que de tan cursis llegan a enternecer. Estampas pretendidamente artísticas de novios y de infantes, que tienen la virtud de hacerme sonreír.
Y entonces pienso en las concesiones que muchos artistas tienen que hacer todos los días para poder comer; y en como las necesidades físicas pueden llegar a estragar el arte.

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