A mi hija y a mí nos encanta adentrarnos en el mundo del absurdo. Nos divertimos muchísimo imaginando situaciones a cuál más disparatada; no tenemos medida dándole al magín.
Una vez nos figuramos cantando una saeta al paso de una procesión. La idea era estrambótica, porque el inconveniente de estar incapacitadas para el cante lo pensábamos resolver con la ayuda de la fonomímica. Es decir, que nosotras haríamos como que cantábamos, pero lo que sonaría realmente sería un disco de un dúo saetero.
El cuadro resultaría impresionante: mi hija y yo en el balcón vestidas con trajes de terciopelo, peinetas de nácar y mantillas de blonda. En el momento preciso pondríamos en marcha el tocadiscos camuflado y comenzaríamos a actuar...

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