sábado, 9 de septiembre de 2017

El día en el que satisfice algunos de mis anhelos


Durante aquel día tuve oportunidad de mostrar varios aspectos de mi personalidad. Comencé siendo intelectual; seguí como maruja; y acabé cautivando con mi encanto.
Este singular periplo por el conjunto de mis cualidades se inició a la hora del aperitivo, delante de una copa de Dubonnet. En “El Sombrajo” concurrimos cuatro amigas que, a propósito del libro que yo leía en ese momento, nos pusimos a hablar de la diferencia entre lo bello y lo sublime. Alentadas y desinhibidas por el alcohol, nos adentramos en el campo de la Estética; y terminamos conversando acerca de la fascinación que ejerce el terror.
De maruja hice a la hora de la siesta. Sentada en mi sillón orejero frente al televisor, me tragué un programa de tres horas de duración que versaba sobre gente mayor que necesitaba compañía. La razón de someterme a semejante suplicio fue que esa tarde iba a salir un paisano deseoso de encontrar pareja, y en mí pudo más la curiosidad que el miedo al tormento. 
Y ya por la noche me puse un modelo muy sugestivo; me despojé de la gravedad de mi semblante; y me fui al baile de La Plaza a epatar.

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