En el pueblo es imposible mantener una conversación privada en un lugar público. Se puede intentar arrimando la boca a la oreja de tu interlocutor, pero el éxito no está asegurado. Hay que considerar que los cotillas abundan por dondequiera, y que suelen oír muy bien.
Yo ya he tenido unas cuántas experiencias a este respecto. Una ocurrió una noche de plenilunio en la terraza de un bar. Cuando mi acompañante me informaba quedo sobre un problema de salud que le inquietaba, un lugareño que estaba sentado tres mesas más allá intervino para decirle que no se preocupara; que su suegro padecía de lo mismo y que estaba la mar de bien con el tratamiento que le habían prescrito.
Y en otra ocasión, cuando una amiga y yo subíamos por la calle hablando de sus problemas de frigidez, una vecina sacó la cabeza por la reja y le dijo que no se angustiara porque eso iba a ser peor.

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