sábado, 19 de enero de 2019

Una mujer desengañada


-Mi matrimonio es un desastre - me dice de pronto Aquilina.
-Pues como el de la mayoría - le contesto yo. A estas edades y después de tanto tiempo...
-No. Como el del común de las gentes no. El aborrecimiento que nos profesamos mi cónyuge y yo es superior a la media; raya con el infinito.
-¿Y por qué no os separáis?
-Porque nos sentimos más seguros así; porque estamos a las puertas de la vejez y tenemos miedo.
-¿Sólo por eso?
-Y también por comodidad. A estas alturas nos horroriza cualquier cambio.
-Entonces no te quejes.
-No, si normalmente no me quejo; pero es que me has pillado con el temple adecuado para desahogar el ánimo y lo estoy haciendo.
-Pues tú dirás.
-Mira, hasta hace unos años aún nos peleábamos, pero ahora ni eso. Con tal de que no nos tengamos que hablar... Ni siquiera nos miramos. El otro día, después de no sé cuánto tiempo, no tuve más remedio que fijarme en él. Fue cuando cayó sentado enfrente de mí en la casa de un amigo. Lo encontré muy viejo y deslucido...
-¿Y qué os ha llevado a esta situación?
-Pues supongo que la raíz del problema es la decepción. El no haber respondido ninguno de los dos a lo que el otro esperaba. En mi caso, lo que le reconvengo es su deslealtad; el no haberse puesto nunca de mi lado cuando alguien o algo me ha herido. El haberse negado sistemáticamente a reconocer y apreciar mi valía; su mala educación... Siempre he pensado que se siente inferior a mí, y que por eso se regodea con todo lo que me humilla.
-Te comprendo, Aquilina; pero ¿por qué no intentáis una postrera conversación? Ya sé que la ilusión es imposible recuperarla, pero podríais llegar a una especie de acuerdo para poder hablar de política, por ejemplo.

No hay comentarios: