sábado, 22 de diciembre de 2018

Historia de un anillo


Cuando abrí el estuche y vi el anillo, pensé que jamás había tenido ante mis ojos una joya tan hermosa. Admiré su sencillez, y tuve la sensación de que era muy valiosa. 
Llena de amor, rodeé el cuello de mi novio con los brazos y le di un beso en la mejilla; después, me coloqué aquella preciosidad en el dedo anular de la mano izquierda y me pasé la tarde contemplándola.
A partir de ese día, lo único que veía por la calle eran manos de mujeres adornadas con sortijas. Y aunque algunas resplandecían más que la mía, ninguna la igualó nunca en belleza.
A diferencia de la alianza (que tiré por la ventana en la primera riña que tuve con mi cónyuge y que nunca pude recuperar), este anillo se me incrustó en el corazón y lo llevé siempre conmigo. Me inspiró las mejores ideas acerca del querer y fue testigo de un tiempo espléndido. 
Pero al cabo de algunos años, un día de invierno, el frío contrajo mis dedos y lo perdí. Entonces sentí abrirse el suelo bajo mis pies y ya nada fue lo mismo.

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