Cada diciembre, en estos días, voy a determinada librería y me compro un calendario católico del año que está por llegar. Cuando lo tengo en la mano, lo primero que hago es mirar en que fecha cae la próxima Semana Santa; y luego, lo enrollo y lo dejo en un anaquel hasta que llegue el momento de colgarlo en la cocina.
Entonces, cuando penda en la pared, entre mi almanaque y yo se establecerá una interlocución que durará 365 días. Él me enterará de los tiempos litúrgicos y de las festividades religiosas y civiles; y yo le fiaré todo lo que he de hacer y a los lugares donde tengo que acudir.
Él se quejará de tanto redondel como pongo alrededor de sus días, de tantas notas y de tanto manchurrón. Y yo le diré que se calle, porque con quién va a interactuar mejor que conmigo...

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