Cuando ayer el dermatólogo me dijo que no podía volver a aplicarme cosméticos, sentí que se me presentaba un problema trascendental; una enorme contrariedad, porque no concibo la vida sin ellos.
Salvo en la infancia, siempre me he exhibido enjalbegada. Durante toda mi adultez, lo primero que he hecho cada día al levantarme ha sido cubrirme la cara con un montón de potingues; y sólo he vuelto a mi estado natural por la noche, inmediatamente antes de irme a dormir.
Con el kohl, pintalabios, arrebol, perfilador... me conformé en tiempos pretéritos una máscara de guapura, y con ella puesta es como me siento yo. Los tiznajos en los ojos que me ahondan la mirada forman parte de mi fisonomía; y el colorete en las mejillas que da luz a mi rostro también; y el carmín en los labios...
Con la faz desprovista de mejunjes, sin poder refugiarme en el artificio, me siento desnuda; como si llevara al aire mi intimidad. Por lo tanto, no sé de qué manera voy a poder cumplir con la prescripción del médico...
Nieves Correas Cantos

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