Aquella vecina rolliza me martirizaba con sus comentarios. Criticaba mi manera de ser; mi timidez excesiva. Decía que era muy corto, vergoñoso, encogido... ¡Cualquier epíteto referido a mi condición le parecía bueno! ¡No dejaba de meterse conmigo!
Su crueldad llegó al máximo el día en que me apodó “Parapoco”. Me denominó así cuando había mucha gente alrededor, a fin de que el mote triunfara. ¡Fue horrible! Algunas personas lo adoptaron y de este modo me llamaron desde entonces.
Yo en ese tiempo aguantaba la pubertad y esta despiadada mujer era mi bestia negra. La odiaba y temía por igual. En su presencia, se acentuaba mi retraimiento y me sentía completamente acoquinado; incluso, físicamente, su volumen crecía y el mío menguaba.
Como no podía esquivarla ya que el lugar en el que vivíamos era muy pequeño, ni tampoco quería quejarme a mis mayores por miedo a parecer disminuido, lo que hice fue satirizar contra ella; pergeñar historietas donde la ridiculizaba. Fue una válvula de escape que me permitió seguir viviendo.
Nieves Correas Cantos

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