domingo, 8 de diciembre de 2019
¡Qué mala suerte!
El consejo
Una vez le oí a una mujer un parecer que me hizo mucha gracia. La fémina sostenía que, en previsión de que nos diera un patatús o nos atropellara un coche y nos tuvieran que llevar al hospital, a la calle siempre había que salir duchado y con la ropa interior limpia. Y de este dictamen me acordé el otro día, en el momento en que me quedé encerrada en el ascensor...
El gel de baño
Y es que acababa de hacer gimnasia y estaba sudorienta y oliendo fatal cuando advertí que, la tarde anterior, había olvidado el gel de baño en el coche. Como eran las primeras horas de una mañana dominguera, pensé que podía bajar tranquilamente a buscarlo al parking porque no había peligro de encontrarme con nadie. Que los vecinos que habían estado de farra la noche anterior ya se habrían recogido, y los que pensaban aprovechar la jornada aún no se habrían levantado...
El ascensor
Pero hete aquí que, tan pronto como me monté en el montacargas y se cerraron las puertas, vi que lo llamaban de dos pisos más abajo... Es evidente que me apuré y comencé a percibir mi propio olor de un modo más intenso y desagradable; aunque, en aras de la verdad, he de decir que las tres personas que subieron saludaron muy correctamente y no dieron muestras de que les molestaran mis exhalaciones. Y así, conmigo encogida en un rincón y sin atreverme a moverme, continuamos el descenso...
El guapo
Y un poco más abajo, entre planta y planta, el ascensor se paró: y yo, que soy claustrofóbica, me angustié, y mi sudoración fue in crescendo... Quería golpear las puertas para que me sacaran de allí, pero no podía hacerlo porque para eso tenía que levantar los brazos y poner las axilas al descubierto... ¿Y quién acudió en mi recate? ¿quién fue el que me sacó de aquel habitáculo infernal cogiéndome entre sus brazos? Pues, desgraciadamente, ¡el más guapo de la escalera!
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