domingo, 8 de diciembre de 2019

Las primeras impresiones


En lenguaje coloquial, cuando nos presentan a alguien y nos cae fatal, decimos que nos ha entrado por el ojo izquierdo. Inversamente, si lo que suscita en nosotros el recién conocido es simpatía, aseguramos que nos ha entrado por el ojo derecho. Y por último, si el ser al que estamos estrechando la mano no despierta en nosotros afectos ni desafectos, pues opinamos que ni fu ni fa y ya tenemos bastante.
Y el que nos entre por un ojo o por el otro no tiene tanto que ver con su complexión o su forma de vestir, sino con algo intangible que esa persona transmite y que configura su apariencia en el orden espiritual: si nos gusta lo que percibimos, el  individuo en cuestión nos resulta atractivo; y si no es así, nos parece desagradable. Y como estas impresiones suelen ser recíprocas, la corriente de simpatía o aversión corre en los dos sentidos.
Pero en estos juicios nos podemos equivocar. Si diéramos oportunidad, ¡cuántas veces gente que aborrecemos nos podría dar espléndidas sorpresas! 

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