domingo, 8 de diciembre de 2019

Las ondas perdidas


El transistor ha enmudecido, y tengo para mí que no va a volver a hablar. Esta mañana, cuando me estaba dando las noticias, lo he empujado sin querer y se ha caído al suelo; y, por el crac que se ha oído al estamparse con las baldosas, sospecho que se ha escacharrado de verdad.
Yo lo he intentado recomponer, pero no he tenido éxito. Primero he estado moviendo  la aguja por el dial, tratando de encontrar las emisoras perdidas; después, le he cambiado las pilas para ver si con la energía renovada empezaba a funcionar; luego lo he abierto y lo he vuelto a cerrar, porque desconozco su mecanismo... Y por último, a la desesperada, lo he arrojado otra vez al piso, pensando que si un golpe lo había estropeado, otro lo podía arreglar... ¡pero nada!   
Al final, lo he colocado inerte en su lugar habitual: en el anaquel de arriba; entre el bol del gazpacho y la fuente de cristal...
Y pensándolo bien: ¿quién me asegura que esta noche no se reparará él solito y se pondrá a funcionar? Sería maravilloso que mañana, cuando me levantara, pudiera oír su voz.

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