Ahora me acuerdo de Rosarito y sus cosas con cariño; pero antaño, las “cosas” de Rosarito me provocaban aversión. En la pandilla de la que ambas formábamos parte, muchachas y muchachos alternábamos con camaradería y en un plano de igualdad; pero ella no: ella se distinguía por su modo de ser y de obrar; por tener una serie de cualidades que muchos creían propias del carácter femenino y yo de la cursilería más absoluta.
Para nosotras, por ejemplo, tener la regla no significaba nada especial en nuestras vidas. En cambio, para Rosarito, cada menstruo representaba un acontecimiento. Recuerdo que una vez, estando de excursión, se puso tan “malísima” y derrochó tanto aspaviento por este motivo que tuvimos que volvernos al pueblo con toda celeridad. Luego, cuando llegó a su casa, se metió en la cama y nos fue recibiendo uno a uno como si se fuera a morir. Y lo bueno es que a los chicos conseguía impresionarlos y casi todos estaban enamorados de ella...
Cuando a su hermana le salió una verruga en la mejilla y Rosario nos dijo que era una lágrima en relieve, a mi se me escapó la risa y exclamé ¡qué tremendo! Entonces la susodicha, en pleno vahído y con su voz meliflua, me llamó cruel; y su hermana, que era más brava, marimacho. Me llevé un berrinche, pero la realidad es que no era ni una cosa ni la otra. Lo que me ocurría es que abominaba de ese tipo de mujer.

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