-Ven, siéntate aquí.
-Espera, que estoy mirando los discos. Me encanta este manga por hombro en el que los tienes.
-Toda mi casa es un caos; pero cuando busco una cosa la encuentro enseguida. Tengo en la cabeza donde está todo.
-No te preocupes: yo también me siento cómoda en medio del desorden. De hecho, las personas que necesitan tener cada cosa en su sitio me dan repelús.
-¡Y a mí!
-Mira, he encontrado este elepé de Joan Baez. Vamos a ponerlo. Antes nos sabíamos sus canciones de memoria.
-A ver... ¡y tanto! “El preso número nueve” la cantábamos con mucho sentimiento; y “De colores”; “Guantanamera”... ¡Cuántas cosas hemos vivido!
-Vamos a cantar “Te recuerdo Amanda”.
-¡Pero si son las cuatro de la mañana!
-Es igual; dejemos salir nuestra voz. ¿Te acuerdas de que Víctor Jara es su autor?
-Me acuerdo.
-Pues vamos allá:
“Te recuerdo Amanda
la calle mojada
corriendo a la fábrica
donde trabajaba Manuel”
-Hagamos una pausa que me he emocionado.
-Hagámosla.
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-Ayer estuve una hora platicando con Remedios. De vez en cuando intercambiamos mensajes, pero hacia mucho que no hablábamos por teléfono.
-¿Y que tal está?
-Bien; me estuvo contando cosas de su madre.
-A propósito ¿cuándo piensas escribir ese opúsculo maravilloso para homenajear a tus padres?
-No lo sé.
-¿Pero cúal es el problema?
-El problema es que la veneración que siento por ellos me llevó a meterlos en una especie de sagrario y ahora no los puedo sacar de él. No sé si me entiendes.
-Perfectamente.
-Me pasa lo mismo que con Dios: nunca hablo de él en vano. Con las únicas personas que soy capaz de hablar de mis padres es con mis hermanos. No puedo apartarlos del lugar en el que están. Si los nombro ante extraños tengo la sensación de que los estoy abaratando...
-Bueno, déjalo. Vamos a hacer gimnasia.
-Vamos.

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