Los gatos y los perros me aterrorizan; no lo puedo evitar. Sé que es algo irracional; pero como digo, es superior a mis fuerzas. Los felinos, además, me resultan inquietantes. Tengo la sensación de que van por libre; de que son imprevisibles; de que nunca sabes por donde van a salir...
En un pensamiento pavoroso y recurrente, un perro enorme se levanta sobre sus patas traseras y me coloca las delanteras sobre los hombros: estoy segura de que, si esto ocurriera realmente, el susto me pararía el corazón.
No sé de donde puede venir este miedo; pero lo cierto es que condiciona mi vida. No puedo andar sola por lugares donde es fácil que aparezcan estos animales; tampoco puedo visitar a amigos que los tengan, salvo que los encierren previamente en una habitación... Otra posibilidad es que los allegados me reciban en el balcón y dejen campar a perros y gatos por el cuarto de estar. Esto ya ha ocurrido más de una vez, aunque en invierno no es muy agradable.
Esta madrugada he sentido pánico. Resulta que me he despertado en medio de una pesadilla donde aparecían multitud de gatos con formas extrañas y actitud amenazante. Estaba llena de angustia y cubierta de sudor; pero lo peor ha sido cuando me he levantado y he entrado a oscuras en la cocina. Allí he visto muchos pares de ojos brillar y moverse por la encimera; por encima de la mesa; subir y bajar de las sillas; salir de los armarios... Ha sido terrible. Hasta que le he dado a la luz y he acabado con todos los fantasmas, he pensado que los felinos se habían escapado de mis sueños y venían a por mí.

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