Los cónyuges acordaron que, con motivo de las bodas de oro, irían a Portugal. Escogieron este destino porque un abuelo de la mujer le había contado maravillosas historias de navegantes lusitanos; y ella, desde entonces, anhelaba conocer los puertos de donde habían salido los héroes de su infancia.
Mientras estuvieron criando a sus hijos, el matrimonio no pudo ahorrar ni un céntimo; pero en cuanto éstos se independizaron, ella, que era la administradora del hogar, empezó a hacer hucha para el viaje.
Soñaba con conocer Lisboa, Oporto... y hasta incluyó en la ruta Guimaraes, la cuna del país natal de su abuelo. Y como a costa de ser una hormiguita había conseguido juntar un buen montón, se propuso hacer el periplo por todo lo alto. Montaría por primera vez en avión y se hospedaría en buenos hoteles. Conocería el placer de encontrarse la cama hecha y la comida servida; se daría unos caprichos...
Pero hete aquí que el marido, cuando iba a concertar el recorrido con la agencia, se encontró con un anuncio en la calle que le pareció espectacular: un viaje al país vecino al precio de 300 euros. La información detallaba que era en autocar y que la primera y la última noche transcurrirían viajando. Y lo mejor de todo era que aseguraban que para ver las ciudades no haría falta moverse del asiento del vehículo. Ni que decir tiene que el buen señor se fue inmediatamente a ver al organizador de semejante maravilla; y, sin dudarlo, se inscribió él, apuntó a su mujer y lo pagó todo por adelantado.

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