Estoy dispuesta a escribir; la objeción es que no sé de qué hacerlo. Pensando en el próximo San Valentín, empiezo una historia sobre el amor obsesivo; pero me empantano enseguida:
DOÑA CECILIA
“Yo fundé una familia. Fui un buen padre y un buen marido; pero durante años, no me pude quitar de la cabeza a una muchacha que se llamaba Cecilia.
Cecilia y yo nos enamoramos en cuanto nos vimos, y tuvimos un affaire. Esto ocurrió unos meses antes de mi boda; en Bagur; alrededor de 1970...”
También pienso en la cursilería y toma forma el personaje de doña Melindres:
DOÑA MELINDRES
“Pobre doña Melindres: juzga la afectación como finura y la sencillez como vulgaridad. En ella todo es aparato y no concibe que la naturalidad pueda ir unida a la elegancia. El problema es que su refinamiento no resulta sofisticado, sino ridículo. Al decir de la gente, doña Melindres resulta más cursi que un teléfono con puntillas...”
Por último, me gustaría hablar del idioma y de la clave. Aquí, doña Desconcertante haría la siguiente reflexión:
DOÑA DESCONCERTANTE
“Para comprender enteramente lo que dicen los demás no basta con hablar el mismo idioma que ellos; también es necesario compartir y/o conocer el código que utilizan...”

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