La Primera Comunión de Candela fue una buena ocasión para ponernos los perejiles y para que toda la familia se reuniera.
La protagonista del acto se acercó a recibir el sacramento llena de nerviosismo y fervor; y abrumada con tanto besuqueo y agasajo, en cuanto pudo se zafó de los parientes y se puso a jugar con sus amigas.
Y en nosotros los mayores, la Primera Comunión de Candela tuvo un efecto catártico extraordinario. Todos fuimos capaces de olvidar antiguas rencillas; y todos, incluidos los cuñados, nos sentimos verdaderamente como hermanos.

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