sábado, 16 de enero de 2016

Una boda de postín


En abril tengo una boda, y cuando pienso en ella, me entra un temblor...
Cuando me invitaron, me sentí halagada y contenta: halagada por el hecho de que gente de abolengo contara conmigo para un evento familiar; y contenta porque me parecía la ocasión ideal para alternar y para ponerme los perejiles.
Pero yo no había considerado el maldito parné; el coste de todo aquello; la repercusión que el asunto podía tener en mi modesta economía.
Para empezar tenía que pensar en el regalo. Como desconocía qué era lo adecuado y cuál debía ser su montante, pedí a otros convidados que me ilustraran. Cuando lo hicieron, un escalofrío recorrió mi espina dorsal, aunque procuré que no se me notara. Aquellas cifras me parecían astronómicas; estaban fuera de mis posibilidades... 
Y además había que contar con la indumentaria que tendríamos que llevar. Mi marido tenía un traje negro que le sentaba de maravilla y no tendría que comprarse nada; pero yo, como el convite era por la tarde, necesitaría un vestido de cóctel, unos zapatos y un chal o un mantón de Manila. Me pasó por la cabeza comprar la tela y que mi cuñada me confeccionara un modelo que acababa de ver en una revista; pero deseché la idea enseguida, porque el vestido era muy sencillo, y esos trajes solo sientan bien si los hace un buen modisto.
En fin, amigos: lo cierto es que el día de la boda cada vez está más cerca; que asistir es un lujo que no me puedo permitir; y que no sé como salir del lance sin menoscabar mi orgullo.

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