viernes, 22 de enero de 2016
De la mojama al jamón
Un dicho popular muy ordinario clasifica a las mujeres, a partir de la menopausia, en dos categorías: las que se ajamonan y las que se amojaman.
Y ahora, después de este preámbulo, comprendo que estéis indignados y con la sensibilidad herida. Yo, cuando oí por primera vez semejante vulgaridad, también lo estuve. Necesité sumergirme en un texto lírico y escuchar música barroca para descontaminarme. Hacedlo vosotros; y una vez limpios y puros, volved. Aquí os espero para explicaros mi propia metamorfosis; mi conversión en cecina.
Alrededor de los cincuenta años, coincidiendo con los cambios que estaban teniendo lugar en mi cuerpo, sufrí un golpe tremendo que me partió la vida en dos; y a partir de ese momento, yo, que nunca había estado gorda, comencé a adelgazar. Al principio era bueno porque me daba agilidad y me quitaba años de encima, pero acabé quedándome demasiado flaca. La gente así me lo decía, y a mí se me llevaban los demonios porque lo consideraba una intromisión en mi vida privada y porque no podía hacer nada para remediarlo (comía normal). Ahora mi peso permanece estable, me siento ágil y tengo buena salud; pero, de un tiempo a esta parte, noto que me estoy acecinando. Que además de seca y enjuta voy adquiriendo el aspecto de la mojama. El asunto me preocupa: ¿será que mi sino es devenir en pasa?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario