viernes, 8 de enero de 2016
Ja sóc aqui
Cuando voy al pueblo, a veces llego hecha unos zorros. Esto puede deberse a que la noche anterior no suelo dormir bien; a que es un viaje muy largo; a que ya voy siendo mayor...
En estas ocasiones, lo que menos deseo es que alguien me vea en semejante estado. Por eso, por si me cruzo con algún paisano antes de alcanzar el amparo de mi casa, en las afueras del pueblo me pongo las gafas negras y me doy carmín en los labios. Así adquiero la apariencia de una estrella decadente y con glamour; y así, si se da la anterior circunstancia, salvo mi ego.
Cuando arribo a mi casa, entro en la misma por la puerta cochera; y hasta al cabo de día y medio, no salgo por la principal para decirle a mis vecinos que ya estoy allí. En ese intervalo entre puerta y puerta, estoy fuera del escenario; entro en tiempo muerto; me relajo...
También me voy familiarizando con la casa. Veo que no sirvió de nada embolsar las uvas de la parra porque las avispas se las han comido; que las paredes del patio tienen desconchones; que las puertas del cuarto de baño se han hinchado a causa de la humedad y no encajan en los marcos... En este punto, mis padres y mis suegros me sonríen desde sus retratos de boda, y yo miro al crucifijo de la escalera y me encomiendo a Él. Veo las palabras más bellas del idioma lustrando las paredes del frigorífico; y la estrofa de “Ojos verdes”, en la puerta del mismo, me hace sonreír. Las chapas de la publicidad de Coca-Cola a lo largo del tiempo siguen en su sitio; y la colección de Andy Warhol que publicó el periódico, también.
Este escrito se lo dedico a mis amigas del pueblo. Sus nombres son: María José, Ana María, Maxi, Isa, Vicenta, María Jesús, Mercedes y María. Mis amigas son guapas, listas y bondadosas; y como yo, hace tiempo que aprendieron a reírse de sí mismas.
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