Mi veraneo está resultando decepcionante. En este pequeño pueblo no existen las cosas que me divierten, y estoy sumida en el más completo aburrimiento.
Aquí el tiempo transcurre con exasperante lentitud, y el día se me hace interminable. Es cierto que no hay contaminación y que el calor no es tan sofocante como en la ciudad, pero la quietud y el silencio me ponen de los nervios. Si madrugo, y a las diez de la mañana lo tengo todo hecho, luego no sé como llenar el montón de horas que se me presentan por delante.
Para más inri, el sol achicharra y sólo se puede ir por la calle al amanecer y cuando está oscureciendo. Existe la opción de irse al bar a alternar con los lugareños o dedicarse al visiteo, pero ni una cosa ni la otra me entusiasman. Echo de menos el bullicio de la ciudad; y sobre todo ¡los centros comerciales!
Fíjate si estaré desesperada que he empezado a tener delirios eróticos con un vecino que, por cierto, es un adefesio.

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