Fadrique fue un hombre barbado durante 40 años; y un día, sin previo aviso, se afeitó. Cuando se vio reflejado en el espejo, se sintió desnudo y vulnerable; y al ponerse cara a cara con su familia fue peor.
Sus hijos, que no lo habían visto nunca de esta guisa, se sentían incómodos en su presencia y lo rehuían; y su mujer, en las ocasiones en que se encontraba con él por el pasillo, lo miraba con recelo y aceleraba el paso.
Cuando la inseguridad de Fadrique no podía ir a más, ni su autoestima a menos, un comentario de un vecino vino a sacarlo del abismo. Fue en el ascensor: el susodicho miró al ex barbado tres o cuatro veces y, cuando se cercioró de que era él, le dijo que su nuevo look le hacía más joven.
Pero Fadrique, acordándose de cierto retrato, se estudió en el espejo y volvió a dejarse crecer la barba. Hay un refrán que dice que la cara es el espejo del alma, y nuestro héroe, en su rostro rasurado, había descubierto rictus que lo habían llenado de estupor. Y de ninguna manera quería que los otros lo advirtieran.

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