jueves, 8 de diciembre de 2016

Tres historias olvidadas


Rebuscando en el cajón que guarda mis primeros escritos, he encontrado tres que no tienen desperdicio.
El primero es una carta de amor. La autora es una pánfila medievalista; y el destinatario, un mecánico que le ha arreglado el coche y le tiene sorbido el seso. El segundo es el soliloquio de un valentón; y el último, una diatriba contra los esnobs.
Mis textos recuperados me están diciendo mucho sobre mi manera de escribir entonces. Observo, con rubor, que me valía de la historia para mostrar el lenguaje (y no al revés, como procede); que intentaba epatar; y que era muy expansiva.
Ahora, cada día conozco mayor cantidad de palabras y utilizo menos. Me encamino hacia la parquedad más absoluta; no lo puedo remediar. 

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