sábado, 2 de abril de 2016

¡Jesús! ¡Qué feíta es!


Yo de pequeña era tan fea que la gente se santiguaba cuando me veía, y exclamaba: ¡Jesús! ¡pobre creatura! ¡qué feíta es!
Después, con el lustre que da la mocedad me enmendé, pero nunca he sido bien parecida. Mis amigas ligaban y yo no; y cuando algún chico me sacaba a bailar, era porque alguna le había pedido que lo hiciera mientras bailaba previamente con él.
Tampoco he sido brillante. Durante toda mi vida he tenido que luchar con dureza para conseguir lo que otros parecían obtener sin esfuerzo; y las más de las veces, nada me ha salido a la primera.
Los hados jamás me han sido propicios; de hecho, fracasé en mi matrimonio, arrastro problemas de salud y económicos, y tengo un montón de pejigueras.
Me caen mal esas guapitas de cara que nunca se ponen enfermas y que parece que han nacido de pie. Son prepotentes y vanidosas; no las soporto.
En la gente provoco rechazo y conmiseración a partes iguales. Lo del rechazo tiene que ver con mi agresividad y es un círculo vicioso: la gente me rechaza porque soy borde y yo cada día soy más borde porque la gente me rechaza. Y lo de que siempre me tengan lástima me humilla y me hace tener baja la autoestima. Lo que más me gustaría es ser admirada; se debe sentir una sensación... 
De vez en cuando, para aliviar mis penas, me tomo un lingotazo de ajenjo; y fui muy feliz en un viaje que hice a Lourdes. Allí me encontré con gente que sufría más que yo, y pude pasar, por primera vez en mi vida, de ser compadecida a compadecer. Me sentí poderosa y magnánima: volví muy confortada.

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