domingo, 17 de abril de 2016

En un hospital público


A mi amiga Asensia se le rompió una cadera. La llevaron al hospital y la operaron; y después, ha permanecido en un pabellón anejo hasta que ha vuelto a andar. Durante estas semanas la he visitado con frecuencia; y para mí ha sido una experiencia inigualable.
Para empezar diré que Asensia competía con su compañera de habitación en llevar el pijama más alegre y divertido; y como disponían de peluquería en la planta, a veces las encontraba perfectamente acicaladas. Para quien quisiera, también había capilla y oficios religiosos. Era enternecedor ver como algunos enfermos se ponían traje y corbata para asistir a misa. 
A determinadas horas, las habitaciones permanecían abiertas de par en par; y los enfermos y sus visitantes pasaban de unas a otras solicitándose ayuda o entablando conversación.
A media mañana había que ir a fisioterapia. A veces, Asensia y sus amigas se mostraban remisas porque estaban muy a gusto de palique; pero el personal las convencía, y, salvo causa de fuerza mayor, no se libraba nadie. En el gimnasio andaban entre barras paralelas y subían y bajaban por una rampa y escaleras; y el esfuerzo y los progresos de cada uno servía de acicate para los demás.
En mis visitas vespertinas nos sentábamos en la amplia sala común, y mientras unos y otros caminaban apoyándose en los pasamanos de las paredes, no era raro que alguien viniera a sentarse a tu lado y te contara su vida. Allí casi todos conocían la vida y milagros de los demás; y todo era una suerte de terapia de grupo que evitaba el aislamiento y la depresión.
Para acabar quiero decir que mi amiga ya está en su casa; que sube y baja (siempre acompañada) veintiún escalones cada día porque vive en un primer piso sin ascensor; que cada tarde (a ratos andando y a ratos en silla de ruedas) va al casal a jugar a las cartas; y que mi amiga Asensia tiene noventa y cuatro años.

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