Cuando advierto que estoy despierta, miro las rendijas de la
persiana: si veo clarear me levanto. Las gaviotas enseguida se ponen a graznar;
sé que son alrededor de las cinco y media.
A oscuras voy al comedor y abro la ventana. Asomo la cabeza
y compruebo que no hay nada ni nadie en el balcón. Me voy a la cocina…
Me enguanto con látex y echo en la olla los ingredientes
necesarios para el guiso. La coloco encima del fogón apagado y friego. Después,
salgo a la galería y enciendo el calentador.
Vuelvo al comedor, recojo de encima de la mesa el periódico
atrasado y demás papeles y los meto en una bolsa para tirarlos.
Preparo los bártulos y me dispongo a hacer gimnasia.
Y así un día, y otro, y otro…

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