Unos amigos que han hecho un periplo por el Japón me han traído una cartera de recuerdo, y yo estoy emocionada y exultante. Primero, porque el detalle es la expresión de que se acuerdan de mí aun en lugares tan exóticos; segundo, porque el regalo es una preciosidad; y tercero, porque la cartera que tengo es del año catapum y se ve gastada y con unos cuantos rotos.
Ahora estoy pasando las cosas de la cartera vieja a la cartera nueva, y no puedo dejar de admirar lo bonita que es. Su negror y su sobriedad satisfacen enteramente mi sentido de lo estético; y la cantidad de compartimentos en que está dividida por dentro también me gusta.
Procedo al cambio: el carné de identidad en este espacio; el del col.legi en este otro; las fotografías de mis seres más queridos aquí; una estampa del Sagrado Corazón delante; el librito con los localismos usados en mi pueblo detrás de todo; los cinco euros en el monedero...
Estoy deseando estrenar mi cartera japonesa, pero eso no quita que, en este instante, me dé pena desprenderme de esta vieja y deslucida que tanto tiempo ha estado conmigo.

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