domingo, 28 de abril de 2019

Un hecho muy estúpido


Cuando la gente se entera de lo que hice, unos me tachan de irreverente y otros de pirada, pero no soy ni una cosa ni la otra. Lo que yo creo que ocurrió aquel día es que me insolé...
Todo empezó cuando una tarde de mucho calor entré en un templo buscando el frescor de entre sus muros. Allí encontré a un grupo de feligresas que esperaban para confesarse; y a un cura que, en ese momento, salió de la sacristía y se dirigió al confesionario.
Mientras aquellas beatas aliviaban sus almas del peso de sus pecados, empecé a pensar que éstos deberían de ser una sarta de tonterías; y que el párroco, seguramente, estaría muerto de aburrimiento en su cubículo.
Entonces me apiadé de él, y para hacerle pasar un rato entretenido, me inventé una historia de amor y lujo (y muy pasional); y al confesonario que me fui a contársela.
Como soy muy novelera no me costó mucho entrar en materia; y luego, según iba intuyendo la impresión que mis palabras causaban al otro lado de la celosía, iba añadiendo unos detalles u otros.
Lo que sí procuré siempre es no hacer la historia muy rocambolesca ni que pareciera un culebrón; y por supuesto, no me presenté como una vampiresa, porque soy una mujer con un físico muy corriente, y de esta guisa no resultaría verosímil.
No recuerdo como acabó todo porque ya he dicho que me encontraba aturdida por haber estado mucho rato al sol. Pero lo que sí sé, en este instante, es que tengo que acudir a confesarme de verdad.

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