De joven, me gustaba tanto contender que a veces enronquecía defendiendo mi postura; pero ahora, conforme me hago mayor, cada vez discuto menos. Y esto me ocurre sea cual sea el tema de conversación de que se trate; aunque cuando es de política, este deseo de no querer debatir se exacerba más.
Y no es que no me interese la cosa pública (de hecho es mi mayor preocupación); lo que pasa es que creo que la sociedad está inundada de propaganda política y esto les impide (o nos impide) a muchos discurrir con sentido. Es que siento hartazgo, miedo, impotencia, incredulidad e indignación ante tanta sinvergonzonería, demagogia, fanatismo, intransigencia...; que las promesas electorales son, en su mayor parte, falacias; y que los discursos razonados han sido sustituidos por soflamas. Y en fin, que me parece alucinante que la gente dé crédito a muchas cosas.
Yo, actualmente, con lo que más disfruto es tratando de entender lo que es un agujero negro; hablando (o leyendo) de la historia de Europa con motivo del incendio de Notre-Dame; viendo una fotografía en la que aparecen unos monos en la orilla de una carretera, esperando que pase un coche y con las ruedas les casque las nueces que ellos han esparcido previamente por el suelo... ¡Uf! ¡Qué inquietante resulta esto último que he contado!

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