Desde tiempo inmemorial siempre me he presentado ante el mundo con los afeites puestos. La raya de Kohl en los ojos y el toque de carmín en los labios forman parte de mi fisonomía: no me encuentro sin ellos; no soy yo. Pero el problema es que los demás tampoco me encuentran, y así pasó lo que pasó.
¿Y qué pasó?
Pues que un infausto día de este mes de agosto, una vecina me vio con la cara lavada ¡y no me reconoció!
Fue cuando ella llamó a mi puerta, y yo le abrí creyendo que era mi marido que había olvidado las llaves.
Nos encontramos de cara, y su reacción fue de perplejidad al ver a una desconocida. La mía fue de estupor e inseguridad; pero como preguntó por una servidora, me aplomé y le contesté que en ese momento no se encontraba en casa. Y añadí más: le pedí su nombre, y le aseguré que en cuanto mi menda volviera, le devolvería la visita.

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