Mi primo Juan era alto y fuerte; y siempre llevaba las mangas de la camisa remangadas.
Mi primo Juan era bueno y generoso; y todo el mundo lo quería.
Mi primo Juan tenía un vozarrón; y era aficionado a las rancheras.
Cuando murió mi primo Juan, sus cenizas fueron depositadas debajo de un olivo. Y desde entonces, cada cinco de agosto por la noche, sus amigos nos reunimos allí y le cantamos “Cielito Lindo”.

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