domingo, 20 de diciembre de 2015

Más silencio, por favor


El ruido me enerva; no lo puedo soportar. En mi casa, siempre pongo la radio y la televisión con el volumen muy bajo; y si alguien me pide que lo suba, me voy a otra habitación porque esos decibelios de más me taladran los oídos.
Como vivo en alto, el ruido de la calle apenas me llega; pero en verano, las noches de verbena o de finales de fútbol me llega mi San Martín. En estas ocasiones, el griterío de los vecinos, junto con los cohetes y la música, convierten estos lares en un pandemonio en el que es imposible dormir y en el que acabo histérica perdida. El colmo son las gaviotas al amanecer; con sus agudos graznidos, parece que chillen.
En invierno, los sonidos que me acompañan son los de los aviones y el del helicóptero de la policía en sus labores de vigilancia; el piar de algunos pajarillos que se posan en la baranda del balcón; el ruido de los operarios cuando vienen a arreglar el ascensor... 
No soporto el pitido que emiten las cocinas digitales al encenderlas; al oírlo, siento como si cuchillos penetraran mis oídos. Tampoco aguanto los portazos; sobre todo los de las puertas metálicas. No puedo estar en una sala de cine que tenga el volumen muy alto; me da la sensación de que las ondas sonoras, después de chocar con las paredes, me bombardean a mí. Me molestan los cantos a deshora; y las motos con los tubos de escape libre me sacan de quicio... 
En fin... ¿qué sonido os diría que me gusta? Pues me gusta la voz de mi marido; es grave y cavernosa; áspera y sexi...

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