En verano, cuando estoy en el pueblo, me gusta pasear por el campo al amanecer. El fresquito que hace a esas horas se me mete por los poros y me provoca un inmenso placer. El otro día vino conmigo mi paisana Teresa, y verdaderamente no me aburrí con ella. Al principio hablamos de naderías, pero en cuanto llegamos al llano se explayó. Me contó que desde hacía tiempo no tenía sexo con su marido, y que unos días antes había tenido un desliz con el obrero que le estaba azulejando la cocina.
Yo, que la tenía por circunspecta, me quedé pasmada; pero como me miraba de reojo, disimulé. Me fue dando detalles y al final no sabía si reír o llorar, porque todo el affaire era una tragicomedia digna de figurar en los anales del esperpento.
Al volver a casa se lo conté a mi marido y él alucinó tanto como yo; aún no lo hemos digerido.
¡Ojalá que este desvarío quede en nada y no tenga consecuencias desagradables para mi amiga!

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