Yo siempre he sido dual: avanzada de ideas y cándida de conducta. En la Universidad, por ejemplo, epataba a mis amigos con mi discurso progresista y liberal, y sin embargo, ellos eran duchos en prácticas en las que yo aún no me había iniciado.
Un día, en clase, conocí a un costarricense delgado como un junco y de nombre bíblico. Enseguida nos hicimos amigos porque era simpático y cordial, y porque su visión del mundo se asemejaba a la mía. Nos hicimos confidencias, y al enterarlo de que nunca me habían besado, se sorprendió y se ofreció a remediar rápidamente mi carencia. Yo me negué porque sentía reserva y miedo, pero fue tan perseverante y tuvo tanta paciencia que al final me convenció. Nos fuimos a un cine donde echaban una película de Ingmar Bergman; y aquella tarde, rozando mis labios con los suyos una y otra vez, mi amigo hizo desaparecer para siempre la sombra de mi ignorancia. Me adentró en un universo de sensaciones desconocidas, y todo fue tan mágico y fácil que acabé deslumbrada y muy feliz. Aquella fue una de las mejores experiencias de mi vida, y aunque hubo otras tardes de cine, ninguna como la primera.
Poco tiempo después, en el pasaporte de A..., vi su fecha de nacimiento. Al percatarme de su edad comprendí que aquello era imposible, y entonces dejé de verlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario